Los espectadores y los oyentes están hartos de malas noticias, de una actualidad que les encoge el ánimo y les hace temer cada día más por el futuro incierto. Dicen las cifras que siguen alejándose de los telediarios y los informativos radiofónicos, como antes se alejaron de los periódicos, que encima había que pagar, dándole la espalda a una actualidad empeñada en jorobar donde reinan la economía a la deriva, el paro, la inestabilidad y el miedo, las tragedias más o menos naturales, las guerras más o menos encubiertas. Es normal que se intente abrir la veda para la caza y captura de buenas noticias, aunque no estemos en temporada, aunque no se estilen, aunque para ello se tenga que recurrir a elevar la anécdota a categoría, a exagerar, manipular o incluso recurrir a los temas de siempre, tantas veces vistos ya como el de los miles de gatos que habitan en los monumentos más antiguos de Roma, para dedicarles un buen bocado de Telediario, unos minutos robados al lado oscuro, al miedo, al tostón estéril, diario y continuado en que se ha convertido la pugna entre los dos grandes partidos.
Otras veces el camino pasa por el autobombo y la defensa de intereses tan particulares como privados, y en ese saco cabe desde la promoción de nuevos espacios de la propia cadena, a dedicar un cuarto de hora a hablar de Ferrari y de Fernando Alonso para abrir boca de cara al inminente comienzo de un Campeonato mundial cuya rentabilidad televisiva no acaba de ver clara Antena 3, la cadena que se ha zampado La sexta y que en los últimos años se ha caracterizado por el poco interés mostrado a la hora de pujar por los derechos de los grandes acontecimientos deportivos, incluida la Liga de Campeones con sus millonarias audiencias.
Entre gatitos romanos y otras minucias, la televisión muestras sus dotes para sonrojar en esa búsqueda de contenidos amables o tan “felices” como puede ser un programa dedicado a elegir la canción que interpretara en Eurovisión una cantante de medio pelo llamada Pastora Soler, como si esa merienda de negros musical, que esta vez recala en Azerbaiyán, le importase a nadie, a ningún país que no sea verdaderamente emergente y esté necesitado de visibilidad. El nuestro, con la que está cayendo, tiene demasiada, más de la que quisiera. Pero ahí aparece la Igartiburu- siempre ella- montando un sainete destinado a fracasar en su intento de movilizar e ilusionar a los españoles con nuestra posibilidades de éxito en un montaje del que ya deberíamos habernos borrado como han hecho otros, y más después de los últimos y sucesivos fiascos, de haber probado y agotado hasta la vía Friki, la elección popular o la pugna entre cantantes postulantes. ¿Cuando vuelve Buenafuente?. Ya tarda.
miércoles, 11 de abril de 2012
BUEN ROLLLITO EN EL PURGATORIO TELEVISIVO
¡Qué buen rollito¡ En “Número Uno” no caben cabrones como ese Risto Mejide, asesino de ilusiones, puteador de aspirantes a estrella, no, en el nuevo concurso de Antena 3 todo es de color, desde el modelo de la presentadora sobreactuada Paula Vázquez, Igartiburu de las privadas, hasta Ana , la de Mecano, que va vestida “To-(R)-Roja” y pasada de botox en esa misión de jurado que es amigo, coleguilla, consejero, donde le acompañan un Bosé de llanto fácil y asomos seniles, Natalia Jiménez , el incombustible Sergio Dalma, y Bustamante, triunfito triunfador, que sabe lo que es pasar por un chou-concurso para hacerse famoso y que te despedacen los de Sálvame.
Metidos como estamos en un purgatorio televisivo que cada día se parece más al infierno, este nuevo espacio estrella por un lado navega a contracorriente en poderío de medios: 500 espectadores en plató, despliegue de producción para seleccionar candidatos entre miles de españoles que tienen o creen tener talento, ritmo, buena voz, dotes para ser “Número 1”, cinco “consagrados” en nómina ejerciendo de jurados y seleccionadores… y, por otro, no deja de ser un refrito de “Operación Triunfo” pero sin academia, enseñando menos el proceso de selección y preparación de temas, pocas oportunidades de que los descartados desparramen y ,eso sí, con bastante más música y un nivel aceptable de calidad de los participantes. De “Número uno” saldrá algún talento que perdurará en el tiempo dentro del convulso y arruinado panorama músical Carne de descarga en Internet.
Existiendo como existe una línea divisoria televisiva- además de la que cada uno particularmente tiene- que separa la dignidad de la indignidad, es justo decir que “Número Uno” no es , al menos, un programa indigno, un espacio donde haya mucho de lo que avergonzarse. En su primera entrega, esta nuevo descendiente del ya antiquísimo “Lluvia de estrellas” logró alcanzar una cuota de audiencia del 21%, que es muchísimo en tiempos de fraccionamiento TDT. Pero que nadie se haga ilusiones- ni siquiera Sergio Dalma-: nada indica que su éxito vaya a marcar un regreso de los programas musicales, y no me refiero a espacios como “Tu si que vales”, con esa búsqueda de lo exótico, del titiriterismo, el esperpento y la rareza, aunque en la primera criba se hayan colado una niña que, a falta de Ortodoncia, versiona con gusto a los Beatles, un abuelo cantante de 72 años, una soprano con hechuras de Montserrat Caballé o un andrógino de voz privilegiada. Biodiversidad en pos del estrellato.
Es posible que en próximas entregas los responsables del nuevo programa/concurso musical afinen algunos detalles o continúen añadiendo ingredientes como el de que un cantante de éxito, como Pablo Alborán el día del estreno, además de cantar tenga la oportunidad de salvar a un concursante. Igual se les ocurre poner una plataforma /agujero por la que desaparezcan los descartados, como en el “Ahora caigo” que presenta Arturo Valls.
Metidos como estamos en un purgatorio televisivo que cada día se parece más al infierno, este nuevo espacio estrella por un lado navega a contracorriente en poderío de medios: 500 espectadores en plató, despliegue de producción para seleccionar candidatos entre miles de españoles que tienen o creen tener talento, ritmo, buena voz, dotes para ser “Número 1”, cinco “consagrados” en nómina ejerciendo de jurados y seleccionadores… y, por otro, no deja de ser un refrito de “Operación Triunfo” pero sin academia, enseñando menos el proceso de selección y preparación de temas, pocas oportunidades de que los descartados desparramen y ,eso sí, con bastante más música y un nivel aceptable de calidad de los participantes. De “Número uno” saldrá algún talento que perdurará en el tiempo dentro del convulso y arruinado panorama músical Carne de descarga en Internet.
Existiendo como existe una línea divisoria televisiva- además de la que cada uno particularmente tiene- que separa la dignidad de la indignidad, es justo decir que “Número Uno” no es , al menos, un programa indigno, un espacio donde haya mucho de lo que avergonzarse. En su primera entrega, esta nuevo descendiente del ya antiquísimo “Lluvia de estrellas” logró alcanzar una cuota de audiencia del 21%, que es muchísimo en tiempos de fraccionamiento TDT. Pero que nadie se haga ilusiones- ni siquiera Sergio Dalma-: nada indica que su éxito vaya a marcar un regreso de los programas musicales, y no me refiero a espacios como “Tu si que vales”, con esa búsqueda de lo exótico, del titiriterismo, el esperpento y la rareza, aunque en la primera criba se hayan colado una niña que, a falta de Ortodoncia, versiona con gusto a los Beatles, un abuelo cantante de 72 años, una soprano con hechuras de Montserrat Caballé o un andrógino de voz privilegiada. Biodiversidad en pos del estrellato.
Es posible que en próximas entregas los responsables del nuevo programa/concurso musical afinen algunos detalles o continúen añadiendo ingredientes como el de que un cantante de éxito, como Pablo Alborán el día del estreno, además de cantar tenga la oportunidad de salvar a un concursante. Igual se les ocurre poner una plataforma /agujero por la que desaparezcan los descartados, como en el “Ahora caigo” que presenta Arturo Valls.
EL AMARILLO LAVA MÁS BLANCO
Hay muchas cadenas, generalistas y de las otras, pero sólo una promete al espectador la recuperación del verdadero espíritu de la Semana Santa, sólo Canal 13, que viste de amarillo papal y vaticano, anuncia recogimiento, espiritualidad, pasión, muerte y resurrección. Puestos a prometer, también promete recuperar “el buen gusto por la tele”, y para ello anuncia-¡Vaya semanita!-venga y venga retransmisión de procesiones, desde Málaga a Valladolid, pasando por Tordesillas, y liturgias varias, dentro de esa programación que dice respetar a todos pero ,sobre todo, “cree en los que creen”. Sus películas, a menudo bélicas y llenas de personajes muy poco cristianos, son tan antiguas que merecerían una prueba del carbono catorce para datarlas adecuadamente, pero al mismo tiempo es un canal moderno y lleno de ideas frescas. Para demostrarlo abre un concurso invitando a la audiencia a que envíe mensajes de felicitación a su santidad Benedicto XVI, que cumple años el día 16, y el que resulte agraciado obtendrá como premio-cómo no- ¡un viaje a Roma!
Nada que objetar a esta nueva alternativa televisiva confesional que en el primer domingo de abril se marca una TV movie protagonizada por el anterior Papa, el polaco Karol, al que presentan como una suerte de superhéroe que lo mismo luchaba contra el nazismo que contra el comunismo. Pura vida ejemplar y de santo. Y es que esta nueva cadena donde lo amarillo es más que amarillismo pregona la defensa de los valores humanos, de la dignidad, de la pluralidad, pero al mismo tiempo no se corta en rescatar a la lamentable periodista Nieves Herrero, cuya actuación profesional tras el triple crimen de Alcácer (¿quién dijo aquello de sabremos perdonar pero no olvidar?) marcó un antes y un después, tristísimo, imborrable, en la deriva de la televisión en España hacia vergüenza, la bazofia y la pura mierda. También ha sacado del baúl de los recuerdos a ese vasquito tan buen chico, Ramón García, que bajo el amparo de la Santa Sede tal vez se atreva a lucir, como hacía antaño entre campanadas, su españolísima capa, y ha repescado a nuestra muy valenciana Inés Ballester tras su tránsito-comparsa por Cine de barrio.
Dice ser un televisión abierta, plural y limpia que en su proclama y declaración de principios echa mano de aquello tan manido del “humanismo cristiano”, que lo mismo sirve para cinco rotos que para media docena de descosidos televisivos, pero sus informativos desprenden un persistente tufo a naftalina y son mayormente escorados y tendenciosos, cocinados al punto y al gusto de una iglesia oficial que tira a Rouco Varela y a reaccionaria. A pesar de todo, será difícil que me resista a recalar en Canal 13 de cuando en cuando, en busca de viejos títulos que ya nadie más que ellos, tan humanos y tan cristianos, parecen dispuestos a emitir. Os imagináis volver a encontrarse con “Molokai, la isla maldita” , con el Padre Damian y sus leprosos, alguna cinta de milagros cojonudos como el Fátima o el de Lourdes, o incluso con “Marcelino pan y vino”. ¡Eso si que sería Semana Santa!
Nada que objetar a esta nueva alternativa televisiva confesional que en el primer domingo de abril se marca una TV movie protagonizada por el anterior Papa, el polaco Karol, al que presentan como una suerte de superhéroe que lo mismo luchaba contra el nazismo que contra el comunismo. Pura vida ejemplar y de santo. Y es que esta nueva cadena donde lo amarillo es más que amarillismo pregona la defensa de los valores humanos, de la dignidad, de la pluralidad, pero al mismo tiempo no se corta en rescatar a la lamentable periodista Nieves Herrero, cuya actuación profesional tras el triple crimen de Alcácer (¿quién dijo aquello de sabremos perdonar pero no olvidar?) marcó un antes y un después, tristísimo, imborrable, en la deriva de la televisión en España hacia vergüenza, la bazofia y la pura mierda. También ha sacado del baúl de los recuerdos a ese vasquito tan buen chico, Ramón García, que bajo el amparo de la Santa Sede tal vez se atreva a lucir, como hacía antaño entre campanadas, su españolísima capa, y ha repescado a nuestra muy valenciana Inés Ballester tras su tránsito-comparsa por Cine de barrio.
Dice ser un televisión abierta, plural y limpia que en su proclama y declaración de principios echa mano de aquello tan manido del “humanismo cristiano”, que lo mismo sirve para cinco rotos que para media docena de descosidos televisivos, pero sus informativos desprenden un persistente tufo a naftalina y son mayormente escorados y tendenciosos, cocinados al punto y al gusto de una iglesia oficial que tira a Rouco Varela y a reaccionaria. A pesar de todo, será difícil que me resista a recalar en Canal 13 de cuando en cuando, en busca de viejos títulos que ya nadie más que ellos, tan humanos y tan cristianos, parecen dispuestos a emitir. Os imagináis volver a encontrarse con “Molokai, la isla maldita” , con el Padre Damian y sus leprosos, alguna cinta de milagros cojonudos como el Fátima o el de Lourdes, o incluso con “Marcelino pan y vino”. ¡Eso si que sería Semana Santa!
miércoles, 7 de marzo de 2012
ANDRÉS NEUMAN, HACIÉNDOSE EL MUERTO ENTRE IRONIA Y AFORISMOS
“La realidad se parece más a una montaña rusa que a una línea recta”
Dice Andrés Neuman que en el libro “Hacerse el muerto” hay un tono común de tragicomedia, de estados de ánimo y emociones contradictorias. No le sueltes que un cuento es menos que una novela porque te saca las uñas este autor que tras ser uno de los valores más precoces de la literatura hispanoamericana se ha confirmado como uno de los escritores más interesantes en lengua castellana, un crack
¿Escribir cuentos es una forma de hacerse el muerto en literatura?
Define hacerse el muerto
Hacer un paréntesis, posponer, un entretiempo antes de una novela….
Cuando utilicé esa expresión estaba pensando más bien en el sentido más literario, en ese juego que muchos niños y más de un adulto hacen de fingirse muertos para ver qué se siente al seguir vivo. Fui un niño muy curioso respecto de la muerte, la propia y la ajena. Es el gran enigma de nuestra conciencia, aceptar primero que la muerte es una idea y después que se transforma en un destino. Siempre me ha parecido curioso que la única certeza que tenemos nos genere tantas dudas. La ficción tiene mucho de ese juego de ponerte en situaciones que vas a vivir y que necesitas explicarte
En las guerras hay gente que se hace el muerto para que no le rematen
Hay fingimientos que te pueden salvar la vida. Hacerse el muerto puede ser un juego para obtener algún tipo de conocimiento, como en el segundo cuento, donde un personaje disfruta de la certeza de que sus pulmones se hinchan y su corazón late a pesar de que se esté haciendo el muerto, y así recupera el asombro de vivir, pero también ese otro juego de la supervivencia, de hacerse el muerto para que no te maten. Muchas veces hay cierta clase de mentiras que aspiran a una verdad
La gente suele pensar que los cuentos cuestan menos de escribir
Al revés. “Hacerse el muerto” sería uno de los libros menos rentable del mundo, teniendo en cuenta que me ha llevado siete años, de escritura, por supuesto intermitente. Un libro de cuentos, igual que uno de poemas, no se escribe de lunes a domingo, sino que más bien opera como escritura en espiral. Escribes el primer borrador, al cabo de unos meses lo corriges, al año le cambias el final, al año siguiente le cambias el punto de vista. Hay un trabajo insistente, obsesivo, pero que necesita la distancia temporal.
¿Algunos cuentos no son el origen de una idea de novela?
Un cuento nace para ser cuento, aunque esa idea luego pueda transformarse en otra cosa. Los cuentos tienen su impulso, su dimensión y su extensión. Cuando publicas un libro de cuentas te preguntan por qué, pero cuando publicas una novela no te lo preguntan. Hay un aparente presupuesto de que un escritor debería estar escribiendo novelas, y es un grave error, porque con ese planteamiento Borges estaría inédito
¿Hay un hilo conductor entre todos los cuentos?
Más que un hilo conductor, hay una actitud y un tono común: el de la tragicomedia, el de los estados de ánimo y las emociones contradictorias, el pasar del llanto a la risa, del duelo por un ser querido al carnaval y la ironía. Es un libro de contrastes, porque creo que la realidad se parece más a una montaña rusa que a una línea recta.
Y al final apuntas unas reglas maestras…
No son reglas, son solamente reflexiones. Me gustan mucho los extras de los DVD’s donde uno obtiene información suplementaria. Cuando te gusta una película o un libro sientes una curiosidad suplementaria Siempre he sido partidario de los bonus track, por supuesto al final, como opción y no como imposición. En mis libros de cuentos incluyo un pequeño apéndice teórico que no es una explicación ni tampoco pretende formular reglas, sino reflexiones al margen, ideas personales, pequeñas anotaciones sobre los problemas técnicos de la escritura del cuento. Es una especie de diario de a bordo en forma de aforismos. Cada dodecálogos indaga en una forma de entender el cuento, trata de radiografiar un modo, una poética del cuento en doce pequeñas ideas, con sentido del humor, principios irónicos y lúdicos, sin nada de aspiración normativa
En el próximo podrías incluir tomas falsas
Todo arte se nutre de tomas falsas y un error te conduce a una idea. En ocasiones en esas tomas falsas está el verdadero acierto, porque escribir es tanto cumplir un plan como estar atento a su incumplimiento. Empiezas un libro con una idea y la escritura te desvía hacia otra que era mejor. En ese sentido la escritura se parece a viajar.
¿En “Hacerse el muerto” Hay mucho intimismo y mucha experiencia personal?
Lo primero sí, lo segundo no creo. Hay un monólogo de un especulador inmobiliario y otro de un dictador, profesiones que todavía no he ejercido, ni tampoco la de mirona. Creo que la primera persona en literatura es mucho más amplia que la autobiografía del autor. La parte que se podría calificar de verdaderamente íntima o autobiográfica es la dedicada a la muerte de mi madre, que narra una experiencia que por desgracia es muy compartida y la he vivido varias veces. Es una experiencia muy íntima, por un lado, y por otro inmensamente colectiva. Hacer ficción era un modo no solamente de expresar un dolor, sino de analizar un fenómeno que es la muerte de los seres queridos ¿Quién no ha vivido una temporada en el infierno de un hospital? Son intimidades colectivas. El ombligo del autor no es tan interesante como el horizonte de sus lectores
Además de afirmar que los hospitales son las catedrales de los descreídos. ¿Cuál es tu relación con Dios?
Cuando yo llamo, Dios, desde luego no tiene cobertura, por lo que hace mucho que ya no le llamo. Me interesa más la dimensión trascendente que puede tener lo terrenal, me parece mucho más complejo lo humano que lo divino, que es muy simple: perfecto, infinito, constante, seguro..., todos esos valores me parecen muy poco literarios, mucho menos que lo vulnerable, lo imperfecto, lo incierto, lo débil. Lo divino ya esta hecho, cerrado, y tiene muy poco de artístico. No me interesa. Otra cosa es encauzar la espiritualidad, que es mucho más compleja que la religión, en alguien que no tiene un pensamiento divino. Si se me eriza el vello escuchando a Bach siendo ateo, está claro que la emoción humana llega más lejos que la certeza divina
¿Este tiempo tan convulso que vivimos es especialmente literario?
En los momentos de duda, de crisis o de desasosiego, el arte se siente cómodamente incómodo y redobla sus funciones, mientras que en momentos de bonanza puede parecer que la ficción es una especie de pasatiempo, de lujito que uno se da porque tiene tiempo y dinero, pero cuando está jodido se da cuenta de que tiene que ver con la supervivencia, de que es un lugar de creación de emociones, de reflexión, de observación de eso que llamamos realidad para entender qué coño está pasando
JR GARCIA BERTOLIN
Dice Andrés Neuman que en el libro “Hacerse el muerto” hay un tono común de tragicomedia, de estados de ánimo y emociones contradictorias. No le sueltes que un cuento es menos que una novela porque te saca las uñas este autor que tras ser uno de los valores más precoces de la literatura hispanoamericana se ha confirmado como uno de los escritores más interesantes en lengua castellana, un crack
¿Escribir cuentos es una forma de hacerse el muerto en literatura?
Define hacerse el muerto
Hacer un paréntesis, posponer, un entretiempo antes de una novela….
Cuando utilicé esa expresión estaba pensando más bien en el sentido más literario, en ese juego que muchos niños y más de un adulto hacen de fingirse muertos para ver qué se siente al seguir vivo. Fui un niño muy curioso respecto de la muerte, la propia y la ajena. Es el gran enigma de nuestra conciencia, aceptar primero que la muerte es una idea y después que se transforma en un destino. Siempre me ha parecido curioso que la única certeza que tenemos nos genere tantas dudas. La ficción tiene mucho de ese juego de ponerte en situaciones que vas a vivir y que necesitas explicarte
En las guerras hay gente que se hace el muerto para que no le rematen
Hay fingimientos que te pueden salvar la vida. Hacerse el muerto puede ser un juego para obtener algún tipo de conocimiento, como en el segundo cuento, donde un personaje disfruta de la certeza de que sus pulmones se hinchan y su corazón late a pesar de que se esté haciendo el muerto, y así recupera el asombro de vivir, pero también ese otro juego de la supervivencia, de hacerse el muerto para que no te maten. Muchas veces hay cierta clase de mentiras que aspiran a una verdad
La gente suele pensar que los cuentos cuestan menos de escribir
Al revés. “Hacerse el muerto” sería uno de los libros menos rentable del mundo, teniendo en cuenta que me ha llevado siete años, de escritura, por supuesto intermitente. Un libro de cuentos, igual que uno de poemas, no se escribe de lunes a domingo, sino que más bien opera como escritura en espiral. Escribes el primer borrador, al cabo de unos meses lo corriges, al año le cambias el final, al año siguiente le cambias el punto de vista. Hay un trabajo insistente, obsesivo, pero que necesita la distancia temporal.
¿Algunos cuentos no son el origen de una idea de novela?
Un cuento nace para ser cuento, aunque esa idea luego pueda transformarse en otra cosa. Los cuentos tienen su impulso, su dimensión y su extensión. Cuando publicas un libro de cuentas te preguntan por qué, pero cuando publicas una novela no te lo preguntan. Hay un aparente presupuesto de que un escritor debería estar escribiendo novelas, y es un grave error, porque con ese planteamiento Borges estaría inédito
¿Hay un hilo conductor entre todos los cuentos?
Más que un hilo conductor, hay una actitud y un tono común: el de la tragicomedia, el de los estados de ánimo y las emociones contradictorias, el pasar del llanto a la risa, del duelo por un ser querido al carnaval y la ironía. Es un libro de contrastes, porque creo que la realidad se parece más a una montaña rusa que a una línea recta.
Y al final apuntas unas reglas maestras…
No son reglas, son solamente reflexiones. Me gustan mucho los extras de los DVD’s donde uno obtiene información suplementaria. Cuando te gusta una película o un libro sientes una curiosidad suplementaria Siempre he sido partidario de los bonus track, por supuesto al final, como opción y no como imposición. En mis libros de cuentos incluyo un pequeño apéndice teórico que no es una explicación ni tampoco pretende formular reglas, sino reflexiones al margen, ideas personales, pequeñas anotaciones sobre los problemas técnicos de la escritura del cuento. Es una especie de diario de a bordo en forma de aforismos. Cada dodecálogos indaga en una forma de entender el cuento, trata de radiografiar un modo, una poética del cuento en doce pequeñas ideas, con sentido del humor, principios irónicos y lúdicos, sin nada de aspiración normativa
En el próximo podrías incluir tomas falsas
Todo arte se nutre de tomas falsas y un error te conduce a una idea. En ocasiones en esas tomas falsas está el verdadero acierto, porque escribir es tanto cumplir un plan como estar atento a su incumplimiento. Empiezas un libro con una idea y la escritura te desvía hacia otra que era mejor. En ese sentido la escritura se parece a viajar.
¿En “Hacerse el muerto” Hay mucho intimismo y mucha experiencia personal?
Lo primero sí, lo segundo no creo. Hay un monólogo de un especulador inmobiliario y otro de un dictador, profesiones que todavía no he ejercido, ni tampoco la de mirona. Creo que la primera persona en literatura es mucho más amplia que la autobiografía del autor. La parte que se podría calificar de verdaderamente íntima o autobiográfica es la dedicada a la muerte de mi madre, que narra una experiencia que por desgracia es muy compartida y la he vivido varias veces. Es una experiencia muy íntima, por un lado, y por otro inmensamente colectiva. Hacer ficción era un modo no solamente de expresar un dolor, sino de analizar un fenómeno que es la muerte de los seres queridos ¿Quién no ha vivido una temporada en el infierno de un hospital? Son intimidades colectivas. El ombligo del autor no es tan interesante como el horizonte de sus lectores
Además de afirmar que los hospitales son las catedrales de los descreídos. ¿Cuál es tu relación con Dios?
Cuando yo llamo, Dios, desde luego no tiene cobertura, por lo que hace mucho que ya no le llamo. Me interesa más la dimensión trascendente que puede tener lo terrenal, me parece mucho más complejo lo humano que lo divino, que es muy simple: perfecto, infinito, constante, seguro..., todos esos valores me parecen muy poco literarios, mucho menos que lo vulnerable, lo imperfecto, lo incierto, lo débil. Lo divino ya esta hecho, cerrado, y tiene muy poco de artístico. No me interesa. Otra cosa es encauzar la espiritualidad, que es mucho más compleja que la religión, en alguien que no tiene un pensamiento divino. Si se me eriza el vello escuchando a Bach siendo ateo, está claro que la emoción humana llega más lejos que la certeza divina
¿Este tiempo tan convulso que vivimos es especialmente literario?
En los momentos de duda, de crisis o de desasosiego, el arte se siente cómodamente incómodo y redobla sus funciones, mientras que en momentos de bonanza puede parecer que la ficción es una especie de pasatiempo, de lujito que uno se da porque tiene tiempo y dinero, pero cuando está jodido se da cuenta de que tiene que ver con la supervivencia, de que es un lugar de creación de emociones, de reflexión, de observación de eso que llamamos realidad para entender qué coño está pasando
JR GARCIA BERTOLIN
ARTISTAS CON TOGA
ARTISTAS CON TOGA
Ninguno de los tertulianos del programa radiofónico con el que me desayuno todos los días ha visto “The Artist”, la película ganadora, muda y en blanco y negro, con lo cual el debate sobre los Oscar es imposible, empieza y acaba en tres segundos. Parece que ni los periodistas pontificantes, ni los políticos con cargo y ni siquiera los jueces de postín tienen costumbre de ir al cine. Malo. Obligado cambio de tercio al terreno judicial, que no deja de ser un peliculón constante donde ese fin de semana hubo sesión doble de “El Duque y el Juez”, que aparentaban saberse de memoria y sin salirse de un guión políticamente correcto que incluía críticas al vitoreado juez Castro por, presuntamente, haberle dicho al otro capo de Nóos que para declarar eso, y con tantas evasivas, era “mejor que no hubiera venido”. A los tertulianos de los medios de la derecha mediática les parece improcedente, o acaso de poco gusto, que un juez que se toma muy en serio su trabajo se mosquee cuando un miembro repudiado, pero menos, por la Casa Real, le hace perder el tiempo. Jordi Évole, oportunísimo, había planteado horas antes en su “Salvados” una de las preguntas del millón que más se hacen los españoles después de tantas vergonzantes absoluciones ¿Todos somos iguales ante la ley?, ¿La justicia es igual para todos?, como aseguró el Real suegro del imputado en su mensaje navideño. Puede que piensen así él y los “Siete del Supremo” que han acabado con Garzón, mientras desde fuera y desde dentro se reconoce que existen mil maneras, trucos, birlibirloques legales, para evitar que la justicia sea igual para todos, para que sea mucho más fácil que condenen al que roba una panadería, que a un alto consejero del Banco del Santander o a ese ilustre catalán, Félix Millet, que se ha llevado 30 millones del Palau de la Música, que ha saqueado una institución catalana hasta el punto de celebrar en ella y con cargo a ella las bodas de sus hijos, después de haber acometido las necesarias reformas por cuenta ajena.
Jordi Évole se muerde las uñas, se tira de los pelos de su incipiente barba y repite ¡joder¡ y ¡hostia! mientras escucha a Josep María Pijuan, el juez del Caso Millet, que no dudará en afirmar que para él, con sus 30 años de ejercicio de justicia democrática y justa, lo de Camps, cuyo nombre no se pronuncia, es un caso de cohecho pasivo. Antes de pasar a su siguiente y excelente interlocutor, José María Mena, Ex Fiscal Jefe de Catalunya, al que ETA quiso matar, el antiguo “Follonero”, hoy dedicado a disfrazar de ingenuidad sus lúcidas entrevistas en zapatillas, se detiene en un personaje secundario – para acabar con cine- del mundo judicial: el toguero, encargado de cuidar las togas en el Palacio de Justicia. Évole se acerca una a la nariz y asegura que huele que apesta. Debe sentir en ese momento lo mismo que millones de Españoles después de ver lo de Fabra, Camps, Garzón, Millet, Sáenz... Mena, ya jubilado, habla del sometimiento del poder judicial a un quinto poder fáctico y financiero, de la tentación togada de quedar bien, de no molestar a una fuerza tan poderosa que acrecienta la convicción popular de que la justicia distingue y tiene algo de puta vendida al mejar postor. "The Artist” con toga
Ninguno de los tertulianos del programa radiofónico con el que me desayuno todos los días ha visto “The Artist”, la película ganadora, muda y en blanco y negro, con lo cual el debate sobre los Oscar es imposible, empieza y acaba en tres segundos. Parece que ni los periodistas pontificantes, ni los políticos con cargo y ni siquiera los jueces de postín tienen costumbre de ir al cine. Malo. Obligado cambio de tercio al terreno judicial, que no deja de ser un peliculón constante donde ese fin de semana hubo sesión doble de “El Duque y el Juez”, que aparentaban saberse de memoria y sin salirse de un guión políticamente correcto que incluía críticas al vitoreado juez Castro por, presuntamente, haberle dicho al otro capo de Nóos que para declarar eso, y con tantas evasivas, era “mejor que no hubiera venido”. A los tertulianos de los medios de la derecha mediática les parece improcedente, o acaso de poco gusto, que un juez que se toma muy en serio su trabajo se mosquee cuando un miembro repudiado, pero menos, por la Casa Real, le hace perder el tiempo. Jordi Évole, oportunísimo, había planteado horas antes en su “Salvados” una de las preguntas del millón que más se hacen los españoles después de tantas vergonzantes absoluciones ¿Todos somos iguales ante la ley?, ¿La justicia es igual para todos?, como aseguró el Real suegro del imputado en su mensaje navideño. Puede que piensen así él y los “Siete del Supremo” que han acabado con Garzón, mientras desde fuera y desde dentro se reconoce que existen mil maneras, trucos, birlibirloques legales, para evitar que la justicia sea igual para todos, para que sea mucho más fácil que condenen al que roba una panadería, que a un alto consejero del Banco del Santander o a ese ilustre catalán, Félix Millet, que se ha llevado 30 millones del Palau de la Música, que ha saqueado una institución catalana hasta el punto de celebrar en ella y con cargo a ella las bodas de sus hijos, después de haber acometido las necesarias reformas por cuenta ajena.
Jordi Évole se muerde las uñas, se tira de los pelos de su incipiente barba y repite ¡joder¡ y ¡hostia! mientras escucha a Josep María Pijuan, el juez del Caso Millet, que no dudará en afirmar que para él, con sus 30 años de ejercicio de justicia democrática y justa, lo de Camps, cuyo nombre no se pronuncia, es un caso de cohecho pasivo. Antes de pasar a su siguiente y excelente interlocutor, José María Mena, Ex Fiscal Jefe de Catalunya, al que ETA quiso matar, el antiguo “Follonero”, hoy dedicado a disfrazar de ingenuidad sus lúcidas entrevistas en zapatillas, se detiene en un personaje secundario – para acabar con cine- del mundo judicial: el toguero, encargado de cuidar las togas en el Palacio de Justicia. Évole se acerca una a la nariz y asegura que huele que apesta. Debe sentir en ese momento lo mismo que millones de Españoles después de ver lo de Fabra, Camps, Garzón, Millet, Sáenz... Mena, ya jubilado, habla del sometimiento del poder judicial a un quinto poder fáctico y financiero, de la tentación togada de quedar bien, de no molestar a una fuerza tan poderosa que acrecienta la convicción popular de que la justicia distingue y tiene algo de puta vendida al mejar postor. "The Artist” con toga
viernes, 20 de enero de 2012
MIRA QUE TE MIRA DIOS
Literatura y cine, que se nutren y se alimentan, que se traicionan y a veces se producen gases, dispepsias, flatulencias y hasta úlceras. Hoy estrenan en los cines la película española "Silencio en la nueve", inspirada en la novela de Ignacio del Valle, un tipo al que entrevisté, con la cabeza excelentemente amueblada, "El tiempo de los emperadores extraños". Como siempre oc...urre cuando convierten en peli una novela que he leído y me ha gustado, quiero verla pero al mismo tiempo me inquieta que el resultado cinematográfico no esté a la altura.
En la historia más reciente de España, "El tiempo de los emperadores extraños" creo que fue la primera novela protagonizada por la División Azul, aquella aportación militar de nuestro país para la derrota del comunismo en suelo soviético, en la que coincidieron gente tan dispar como el actor Luis Ciges (hijo de comunista fusilado) , Luís García Berlanga (perteneciente a una familia de burgueses moderadamente de izquierdas), falangistas, hijos de asesinados por los "rojos" Guerra Civil que iban a vengar la muerte de sus padres, militares como Alfonso Armada y Aramburu Topete, que muchos años más tarde acabarían enfrentándose en el golpe de estado del 23-F.
Confío en la buena mano como director de Gerardo Herrero, y también en actores como Carmelo Gómez o Juan Diego Bottó, para la conversión en cine de esta novela hecha película en Lituania,no muy lejos de donde combatieron los divisionarios españoles. de la lectura de "El tiempo de los emperadores extraños" se me quedó ya para siempre una frase: "Mira que te mira Dios/ mira que te está mirando/mira que te has de morir/mira que no sabes cuando". Intrigas y misteriosos crímenes en el asedio de Leningrado
En la historia más reciente de España, "El tiempo de los emperadores extraños" creo que fue la primera novela protagonizada por la División Azul, aquella aportación militar de nuestro país para la derrota del comunismo en suelo soviético, en la que coincidieron gente tan dispar como el actor Luis Ciges (hijo de comunista fusilado) , Luís García Berlanga (perteneciente a una familia de burgueses moderadamente de izquierdas), falangistas, hijos de asesinados por los "rojos" Guerra Civil que iban a vengar la muerte de sus padres, militares como Alfonso Armada y Aramburu Topete, que muchos años más tarde acabarían enfrentándose en el golpe de estado del 23-F.
Confío en la buena mano como director de Gerardo Herrero, y también en actores como Carmelo Gómez o Juan Diego Bottó, para la conversión en cine de esta novela hecha película en Lituania,no muy lejos de donde combatieron los divisionarios españoles. de la lectura de "El tiempo de los emperadores extraños" se me quedó ya para siempre una frase: "Mira que te mira Dios/ mira que te está mirando/mira que te has de morir/mira que no sabes cuando". Intrigas y misteriosos crímenes en el asedio de Leningrado
viernes, 13 de enero de 2012
¡SIENTESE QUIEN PUEDA!
“Nos vamos a pique y además nos lo merecemos. Y aunque las acusaciones siempre recaigan sobre políticos, jueces, periodistas y demás instituciones más o menos públicas, la culpa también es nuestra, de la masa, incapaz de mantener eso tan ilusorio llamado dignidad”
Esta frase leída en una crítica de cine (Javier Ocaña), no en un editorial ni en una revista de sociología o ética, me transporta, ¿o teletransporta? , a un rojo autobús de la EMT que apenas doce horas antes realiza su recorrido de un extremo a otro de la ciudad. Es hora punta y todos los asientos están ocupados, una parte de ellos por personas mayores, ciudadanos de la llamada tercera edad, pero también hay otros, y no pocos, en los que se desplazan varios jóvenes y algunos adolescentes. Ninguno de ellos parece percatarse de la presencia de una mujer a la que no deben faltarle ni dos meses para dar a luz. Su embarazo es casi tan visible como la expresión de su rostro, donde se lee claramente que no lleva muy bien lo de ir de pie, apenas agarrada a una barra.
No me considero un modelo de urbanidad ni de educación, a veces incluso posee un punto salvaje y rebelde contra ciertas normas caducas en cuanto a forma de comer, vestir o hablar, pero sí tengo muy interiorizado desde antes de morirse Franco, unas ciertas normas elementales de conducta que me inculcó mi padre. Entre ellas, en un lugar destacado, esa que señala que salvo que estés muy enfermo, escayolado o en las últimas, hay que ceder el asiento a las personas inválidas, a las embarazadas y a los mayores.
Por eso mi ira va creciendo minuto a minuto, parada a parada, cuando observo a aquellas jóvenes universitarias, al grupo de chicas de origen sudamericano y a aquella adolescente ensimismada, tan ensimismada como para no dar se cuenta de la tremenda gorda preñada que hay a menos de dos metros de sus narices. Nadie mueve el culo ni deja su sitio a la preñada que rebufa ostensiblemente su cansancio. En total son más de veinte las personas sentadas que no se dan por aludidas.
Mientras me sube la irritación, las ganas de ponerme a chillarles si no se han dado cuenta de que una embarazada de siete u ocho meses, que presumiblemente, viene de una larga jornada de trabajo, necesita más que ellas el asiento, maldigo que nadie les hay enseñado que ceder el sitio no es una cursilería o hacer el primo, sino una acción normal, justa y necesaria, que estos tiempos duros vengan acompañados a menudo de preocupantes signos de insolidaridad y sálvese quien pueda.
En mi generación aprendimos a ceder el sitio a las embarazadas en los autobuses. Aquí mandaba Franco, pero tampoco olvido que en mi primera salida al extranjero, con el dictador todavía vivo y tocándonos las narices, me sorprendieron aquellos carteles metálicos en los vagones del metro de Paris, de la capital de la República Francesa, donde avisaba de la obligación de ceder el asiento según una prelación en la que no recuerdo si las embarazadas iban antes o después de los mutilados de guerra y otros “handicapés”. Sólo o al final del viaje pudo ocupar el asiento que en el autobús dejó libre al bajarse un señor muy mayor.
Esta frase leída en una crítica de cine (Javier Ocaña), no en un editorial ni en una revista de sociología o ética, me transporta, ¿o teletransporta? , a un rojo autobús de la EMT que apenas doce horas antes realiza su recorrido de un extremo a otro de la ciudad. Es hora punta y todos los asientos están ocupados, una parte de ellos por personas mayores, ciudadanos de la llamada tercera edad, pero también hay otros, y no pocos, en los que se desplazan varios jóvenes y algunos adolescentes. Ninguno de ellos parece percatarse de la presencia de una mujer a la que no deben faltarle ni dos meses para dar a luz. Su embarazo es casi tan visible como la expresión de su rostro, donde se lee claramente que no lleva muy bien lo de ir de pie, apenas agarrada a una barra.
No me considero un modelo de urbanidad ni de educación, a veces incluso posee un punto salvaje y rebelde contra ciertas normas caducas en cuanto a forma de comer, vestir o hablar, pero sí tengo muy interiorizado desde antes de morirse Franco, unas ciertas normas elementales de conducta que me inculcó mi padre. Entre ellas, en un lugar destacado, esa que señala que salvo que estés muy enfermo, escayolado o en las últimas, hay que ceder el asiento a las personas inválidas, a las embarazadas y a los mayores.
Por eso mi ira va creciendo minuto a minuto, parada a parada, cuando observo a aquellas jóvenes universitarias, al grupo de chicas de origen sudamericano y a aquella adolescente ensimismada, tan ensimismada como para no dar se cuenta de la tremenda gorda preñada que hay a menos de dos metros de sus narices. Nadie mueve el culo ni deja su sitio a la preñada que rebufa ostensiblemente su cansancio. En total son más de veinte las personas sentadas que no se dan por aludidas.
Mientras me sube la irritación, las ganas de ponerme a chillarles si no se han dado cuenta de que una embarazada de siete u ocho meses, que presumiblemente, viene de una larga jornada de trabajo, necesita más que ellas el asiento, maldigo que nadie les hay enseñado que ceder el sitio no es una cursilería o hacer el primo, sino una acción normal, justa y necesaria, que estos tiempos duros vengan acompañados a menudo de preocupantes signos de insolidaridad y sálvese quien pueda.
En mi generación aprendimos a ceder el sitio a las embarazadas en los autobuses. Aquí mandaba Franco, pero tampoco olvido que en mi primera salida al extranjero, con el dictador todavía vivo y tocándonos las narices, me sorprendieron aquellos carteles metálicos en los vagones del metro de Paris, de la capital de la República Francesa, donde avisaba de la obligación de ceder el asiento según una prelación en la que no recuerdo si las embarazadas iban antes o después de los mutilados de guerra y otros “handicapés”. Sólo o al final del viaje pudo ocupar el asiento que en el autobús dejó libre al bajarse un señor muy mayor.
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