¡Motor, silencio, rodando! LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN TRUENO EN YÁTOVA
de José Ramón Garcia Bertolín
Aunque hayas visto cientos de películas, acaso miles, y te creas que algo sabes de cine, asistir en vivo y en caliente a la locura organizada de un rodaje como el de “El Capitán Trueno y el Santo Grial” es otra cosa, una experiencia de la que puede que salgas clamando contra la injusticia y dispuesto a colocarte en la fila central de todas los pasillos de las salas para poner la zancadilla a esa inmensa mayoría de espectadores que se levanta antes de que acaben, o incluso de que empiecen, los créditos. Porque el caos no es tal, sino un puzzle complejo en el que todas las piezas deben encajar, y cada uno de los que se mueven de aquí para allá por el paraje de “La Cueva de las Palomas”, en Chulilla, incluidos los inquietos caballos, tiene un papel y una misión en el engranaje que permite convertir, en once semanas y media, tres historias de tebeo en una historia de película que han hecho posible casi doscientas personas.
Llego a la hora del papeo. Nada de bocadillos. Un arroz dignísimo, salmón y pollo, postres variados, café e infusiones, de los que técnicos, actores, meritorios, figurantes, fotógrafos, juntos y a veces revueltos, dan cuenta en mesas con mantel de hule azul. Un curioso picnic cinematográfico en el que unos van cargados de herramientas y otros ataviados con uniformes de soldado. Me admira el camión de la empresa valenciana “Cuchara de Palo”, convertido en una versátil y eficaz cocina, y me hace pensar que hay gente que sabe buscarse la vida, que tiene buenas ideas y sabe convertirlas en realidad. Si vas a rodar algo, un anuncio, una peli, lo que sea, cuenta con ellos. No se les resecan las pechugas y consiguen hacer pescado jugoso para más de cien.
Después de El Escorial, Lagunas de Ruidera, Castillo de Calatrava, Baños de la Encina, Xeraco y el Pinoso, Chulilla es el último espacio natural de una película de trepidante acción que recupera el gusto por los escenarios naturales. Mañana a rematar la faena en la Ciudad de la Luz, donde el prota, Sergio Peris Mencheta, ya ha rodado y es un lugar que encuentra demasiado desangelado y frío, pero en el aspecto temperatura “La Cueva de las Palomas” no se queda corta, especialmente para Natasha y su alter ego Sigrid, con la imponente raja de su falda, más necesitada que nadie de un poco de abrigo. Al menos tanto como Laura, la otra Sigrid, la especialista que la dobla en las escenas a Caballo con la misma ropa, idéntica raja y la misma cabellera rubia de la chica de esta película tan esperada que se está montando en paralelo a su rodaje. Pau Vergara, guionista, productor, patrón, cuenta que ya se han montado ochenta minutos de la cinta dirigida por Antonio Hernández (Lisboa, En la ciudad sin Límites o Los Borgia) y está más que contento con el resultado
-Queremos que se quede en hora y media. Es una película comercial, para todos los públicos, que va a distribuir Disney
EL ANSIOSO RAMÓN LANGA
Hay gente de Madrid, Barcelona y Valencia, fundamentalmente, pero también se oye algún acento gallego, francés, andaluz…, y Solier, el entrenador para peleas y coreografías de lucha, es uruguayo. Los efectos especiales los pone Benefect y el vestuario encontramos a la histórica empresa Cornejo. Lo caballos aguardan su momento y los especialista van y vienen por el set de localización, donde no están todos los que son porque el campamento central se ha montado a la entrada del pueblo, con su camión de maquillaje y peluquería, su camón de vestuario, las furgonetas de producción, las confortables autocaravanas de los protagonistas e incluso una ambulancia, de obligada presencia cuando se ruedan escenas con especialistas. Esta mañana ha habido susto, cuando Ramón Langa, la voz de Bruce Willis, además de Blasco Ibáñez a las órdenes de Berlanga, que aquí hace de malo, se ha puesto tan malo que pensaban que era un infarto. Al final se trataba de una crisis de ansiedad. Falsa alarma.
Antes de comenzar el rodaje de una escena en la que intervienen también el joven Crispín, interpretado por Adrián Lamana; Morgano, al que encarna el actor valenciano Alejandro Jornet; Natasha Yarovenko, la bella Sigrid ,y como es el último día de campo y cine, ese Goliath al que da vida Manuel Martinez “Manolón”, campeón de España de Lanzamiento de peso, se fotografía alzando el peso de algunas compañeras con las que este deportista de élite convertido en actor (Capitán Trueno es su segunda experiencia) ha compartido esta experiencia intensa. Aparece también por allí el vasco Asier Etxeandia, que es el moro Hassan, y se escuchan conversaciones técnicas mientras se va despejando el camino y organizando todo para el momento en que, después del “Motor,silencio,rodando”, la chica de la claqueta y pantalones caídos diga aquello de “setenta y seis-seis-AB-toma primera”.Cambiando el número de la toma lo dirá una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y hasta siete veces, y Manolón, con el parche ya puesto, repetirá su frase de tebeo:“Por el gran batracio verde, qué fácil ha sido”, le contestará Crispín y en esas aparecerá Morgano con un puñal clavado, al que acudirá a socorrer Sigrid. A la séptima el director la dará por buena.
Primero me coloco al lado del carro del sonido, luego junto a Javier Salmones, director de fotografía, al que le corresponde avisar de que cada vez quedan menos minutos de luz natural. También junto a los chicos del making off, Javier y Carlos, para tratar de hacerme una idea de conjunto. Escucho decir a alguien “Tráete al Ratón”, y no tiene nada que ver con ordenadores. Resulta que es un caballo con el que huirá Sigrid, que esta vez es Laura, la amazona especialista, y no la bella ucraniana. Hay que ponerlo en su marca y que no se mueva ni un centímetro. Antes el director Antonio Hernández habrá explicado la escena para que todo el mundo se haga cargo y habrá tranquilizado a Alejandro Jornet sobre la calidad y el resultado de su apuñalamiento fílmico. A Morgano no lo han matado bien y balbucea no se qué de la piedra de Lucifer. ”No te preocupes, que después hay montaje”.
En esta fase final del rodaje en exteriores pasan de cien personas, pero han llegado a ser casi doscientos. El responsable de sonido, Agustín Peinado, insiste en el silencio y el de fotografía pide que no se fume porque se ve el humo en los monitores .El puzzle no encaja si alguna de las piezas va por libre. Natasha escucha música con su Ipod y sablea algún cigarro mientras se rueda esta escena donde la doblan. Sergio Peris Mencheta, que antes bromeaba con unos y otros, ahora le toca ponerse las pilas. Avisa el director: “Va a ser un ensayo rodado”. Se escucha a su ayudante:”Oído,un poco de sangre en la daga, y luego “setenta y seis-siete a-primera”. Clac. A por otra
Antes de ser cine montado y bien montado, producido y postproducido, el rodaje de una película tiene algo de circo, aunque no lo sea, especialmente cuando se llena de caballos, peleas, guerreros, héroes y villanos. Es ese caos maravilloso y tenso que responde a una planificación con tiempos muy marcados y mucho dinero en juego en cada mal paso, casi tan malo como el malvado Sir Black que interpreta Gary Piquer. Lo peor ya ha pasado. Quedaron atrás días difíciles en el Castillo de Calatrava, y comienza la cuenta atrás que se prolongará hasta la fecha del estreno, en el puente de El Pilar de 2011, cuando el Capitán Trueno, su chica y sus amigos, comenzarán la aventura de la conquista de las salas de cine y el personaje creado por Víctor Mora habitará entre nosotros. Amen
JR GARCIA BERTOLÍN
viernes, 10 de diciembre de 2010
CIVILES Y MILITARES
Ahora va y resulta que en este país de larga tradición de espadones golpistas el Ejército aparece como la institución mejor valorada por los ciudadanos, cautivos y desarmados.Los comentaristas radiofónicos lo comentan gozosos. ¡Mira qué bonito!. No es que ya no le temamos, que no nos de miedo, es que es cojonudo, el mejor desatascador para los grandes emboces, el tres en uno para afinar tanto chirrido nacional, la institución salvaguarda de los derechos y libertades ciudadanas.
Entiendo que esta corriente ensalzadadora del Ejército resulte especialmente sorprendente para quienes vivimos el 23-F y nos los pusieron por corbata, y para quiénes hicimos el servicio militar y lo sufrimos como el pozo más negro de nuestra existencia, uno donde reinan la humillación, el despotismo, la crueldad y la sinrazón. Pero como nos han librado, momentaneamente, del furor de los controladores, como han sido Ejército de Salvación, pues es el momento de proclamar que el Ejército es cojonudo y elevarlo al número 1 de las cuarenta instituciones principales del Estado. Lo pienso y lo digo, sin olvidar que en esta historia puede haber un muy mucho de síndrome de estocolomo, por lo de los desalmados terroristas de guante blanco , por los piratas aéreos. Y lo que es más importante, acaso se nos olvida pensar que si el Glorioso Ejercito Español es la institución más valorada es, posiblemente, porque todas las demás hacen aguas tan profundas que no tocan fondo.La justicia por los suelos, los sindicatos centrales de enchufados y bajo sospecha,los políticos percibidos como un problema cada vez más gordo problema, pero ellos,que tanto lucen y tanto cobran por España cuando salen de misión internacional ( y no me estoy refieriendo tanto a la tropa como a la oficialidad) ahora apagan fuegos, salvan negritos y velan por la paz.¡Coño !, si no hay guerra, a qué se van a dedicar entonces en una democracia?
Cierro este a bote pronto dejando caer que ese top ten del Ejército se produce, curiosamente, en un momento en que todos los no funcionarios arrementen contra los funcionarios que viven de Papá Estado, olvidando que la mayoría de los militares lo son(funcionarios) e incluyendo tres frases tan hechas como llenas de miga, un poco desfasadas pero muy ilustrativas.
La justicia es a la justicia militar lo que la música a la música militar
Donde acaba la lógica empieza el ejercito
Se puede militarizar a un civil, pero es imposible civilizar a un militar
Entiendo que esta corriente ensalzadadora del Ejército resulte especialmente sorprendente para quienes vivimos el 23-F y nos los pusieron por corbata, y para quiénes hicimos el servicio militar y lo sufrimos como el pozo más negro de nuestra existencia, uno donde reinan la humillación, el despotismo, la crueldad y la sinrazón. Pero como nos han librado, momentaneamente, del furor de los controladores, como han sido Ejército de Salvación, pues es el momento de proclamar que el Ejército es cojonudo y elevarlo al número 1 de las cuarenta instituciones principales del Estado. Lo pienso y lo digo, sin olvidar que en esta historia puede haber un muy mucho de síndrome de estocolomo, por lo de los desalmados terroristas de guante blanco , por los piratas aéreos. Y lo que es más importante, acaso se nos olvida pensar que si el Glorioso Ejercito Español es la institución más valorada es, posiblemente, porque todas las demás hacen aguas tan profundas que no tocan fondo.La justicia por los suelos, los sindicatos centrales de enchufados y bajo sospecha,los políticos percibidos como un problema cada vez más gordo problema, pero ellos,que tanto lucen y tanto cobran por España cuando salen de misión internacional ( y no me estoy refieriendo tanto a la tropa como a la oficialidad) ahora apagan fuegos, salvan negritos y velan por la paz.¡Coño !, si no hay guerra, a qué se van a dedicar entonces en una democracia?
Cierro este a bote pronto dejando caer que ese top ten del Ejército se produce, curiosamente, en un momento en que todos los no funcionarios arrementen contra los funcionarios que viven de Papá Estado, olvidando que la mayoría de los militares lo son(funcionarios) e incluyendo tres frases tan hechas como llenas de miga, un poco desfasadas pero muy ilustrativas.
La justicia es a la justicia militar lo que la música a la música militar
Donde acaba la lógica empieza el ejercito
Se puede militarizar a un civil, pero es imposible civilizar a un militar
jueves, 18 de noviembre de 2010
EL UNIVERSO BERLANGUIANO DE INTERES GENERAL
Mientras la Selección Española, ahora "La roja",era estrepitósamente derrotada en la Primera de Televisión española, en la 2, ese canal reinventado para convertirse en referente cultural, y por lo tanto impepinablemente minoritario, dentro de un panorama televisivo en el que la cultura brilla mayormente por su ausencia, recordaban a Luis García Berlanga con la proyección de una de sus más geniales películas. Todo, o casi todo, está dicho sobre Plácido, pero hoy me permito reivindicar que buena parte del universo berlanguiano se declare BIEN de interés general en estos tiempos de desconcierto, falta de brujula y penurias de cash, para que al menos sepamos de dónde venimos, ya que preguntarnos dónde vamos nos puede conducir directamente al desánimo y la melancolia, ahora que son muchos los que en el día a día, de fracaso en fracaso hasta la derrota final, piensan que todo nos conduce al desastre.
Películas como Plácido deberían pasarse en las aulas donde se estudia historia de España, para que quienes no vivían en 1961 sepan cómo era aquel pais en blanco y negro, cutre como la madre que lo parió, donde incluso era posible que se organizase una campaña navideña bajo el lema "Siente un pobre en su mesa". La mirada que Berlanga hace a esas fiestas a las que suele colgárseles calificativos como "entrañables" o "familiares" está entre lo sublime y lo surrealista, pero es que la realidad de aquella españa miserable superaba en cutrez el retrato que hace el director valenciano y austrohúngaro.
Tal como éramos, y al que le joda que se rasque. De allí veníamos, de la cutrez que tendia al infinito, de la caspa y la pobreza a ritmo de villancico e hipocresía social, cuando este pareció convertirse en el pais de jauja, que a Berlanga le pilló un poco mayor aunque si se ocupó de la transición, del tiempo ¿muerto?, del intermedio ya a todo color, en otros títulos geniales. A los espectadores de la 2 ayer nos devolvió al pasado, acompañados de Cassen, que era catalán como Xavi, Piqué y Puyol, pero no tenía para pagar la letra del motocarro multiusos adornado con la estrella que lleva al Portal(una palabra que es muy anterior a nada que tenga que ver con internet), y del resto de los añorados muertos a los que el cine obra el milagro de convertir en muertos vivientes: José Luís López vázquez, Elvira Quintillá, Manuel Aleixandre, josé Maria Caffarell, Luís Ciges, Julia Caba Alba...
¡Qué maravilla!. Poder disfrutar de una mirada tan inteligentemente divertida como la de Berlanga a la tristeza infinita de aquella España en la que la navidad proporcionaba a los pobres la oportunidad de sentirse más pobres que nunca.
JR GARCÍA BERTOLÍN
Películas como Plácido deberían pasarse en las aulas donde se estudia historia de España, para que quienes no vivían en 1961 sepan cómo era aquel pais en blanco y negro, cutre como la madre que lo parió, donde incluso era posible que se organizase una campaña navideña bajo el lema "Siente un pobre en su mesa". La mirada que Berlanga hace a esas fiestas a las que suele colgárseles calificativos como "entrañables" o "familiares" está entre lo sublime y lo surrealista, pero es que la realidad de aquella españa miserable superaba en cutrez el retrato que hace el director valenciano y austrohúngaro.
Tal como éramos, y al que le joda que se rasque. De allí veníamos, de la cutrez que tendia al infinito, de la caspa y la pobreza a ritmo de villancico e hipocresía social, cuando este pareció convertirse en el pais de jauja, que a Berlanga le pilló un poco mayor aunque si se ocupó de la transición, del tiempo ¿muerto?, del intermedio ya a todo color, en otros títulos geniales. A los espectadores de la 2 ayer nos devolvió al pasado, acompañados de Cassen, que era catalán como Xavi, Piqué y Puyol, pero no tenía para pagar la letra del motocarro multiusos adornado con la estrella que lleva al Portal(una palabra que es muy anterior a nada que tenga que ver con internet), y del resto de los añorados muertos a los que el cine obra el milagro de convertir en muertos vivientes: José Luís López vázquez, Elvira Quintillá, Manuel Aleixandre, josé Maria Caffarell, Luís Ciges, Julia Caba Alba...
¡Qué maravilla!. Poder disfrutar de una mirada tan inteligentemente divertida como la de Berlanga a la tristeza infinita de aquella España en la que la navidad proporcionaba a los pobres la oportunidad de sentirse más pobres que nunca.
JR GARCÍA BERTOLÍN
jueves, 11 de noviembre de 2010
LAS CENIZAS DE ÁNGELA
España ultimamente me duele todos los días, y Valencia no digamos- un dolor de que te cagas, como dicen algunos- pero hay ocasiones en que se cuelan otros dolores más lejanos, que vienen de sitios como el Sahara o Irlanda, que dejan de ser países, incluso países fantasmas o territorios ocupados, para manifestarse como pinchazos agudos que te recuerdan las miserias humanas, como golpes secos que te ponen de un humor de perros,necesitado de algún bálsamo, análgesico, calmante, antiinflamatorio (que no es lo mismo que antiinfla-amatorio) o anestésico que aplaque esa sensación de que la nave tierra va a la deriva por un mundo en el que- lo he escuchado esta mañana en la radio- la política se mueve por principios (como no sea el de Arquímedes) y la diplomacia por intereses, que suelen ser espúreos y bastardas en casos como el del antiguo territorio español donde se humilla y machaca a los nativos mientras políticos y diplomáticos se ponen de acuerdo para mirar a otro lado.
Irlanda hace aguas.Y esa imagen, enfermo crónico de cine y de literatura como estoy, me trae las escenas y las palabras de "Las cenizas de agua", el best seller de Frank McCourt convertido en película por Alan Parker, que transcurre en su mayor parte en una ciudad irlandesa ,Limerick, que siempre hacía aguas, donde la lluvia, las calles encharcadas y la la humedad insalubre eran una constante vital antes de llevarse, desvitalizados del todo, a tantos niños y mayores. Una película de tristezas y pobrezas irlandesas, de malas pintas y pintas de cerveza, que sólo puede acabar en emigración, con otro irladés más yendose a Estados Unidos, como se fueron a cientos de miles cuando la gran hambruna de la patata dejó el país sin una cuarta parte de su población.
En el imaginario colectivo, que en casos como este suele coincidir con el imaginario mediático, tanto Irlanda como España han sido secularmente representados como dos países pobres, con muchos más desheredados que ricos, hasta que llegó ese vuelco histórico que no tuvo que ver, como en el caso de Noruega, con la circunstancia geográfica de estar sentados sobre un gran barril de petroleo y la posibilidad de poder conservar el pescado en salazón evitando que se pudra, sino con las ayudas europeas, el bombazo del ladrillo o, en el caso de Irlanda, con las inversiones preferenciales en el país por parte de norteamericanos muy ricos de origen irlandés.
Ahora son dos paises que se pasean peligrosamente cerca del abismo. Aquí los ladrillos se amontonan en fábricas y almacenes, y allí también se acabó el espejismo, la gran juerga irlandesa, los años en que esa misma ciudad de Limerick, húmeda coprotagonista de Las cenizas de Ángela, fue destino laboral de docenas de ingenieros, informáticos y jóvenes españoles con alta cualificación, para trabajar en esas empresas multinacionales de matriz norteamericana que cuando la cosa se puso fea no tardaron en recoger velas y abandonar la tierra de sus antepasados Ahora Irlanda vuelve a ser la pobre Irlanda, y y hasta los propios lugareños de Maverick querrían buscar un sitio menos húmedo e inhóspito cerca de cualquier Gran Manzana que no estuviese demasiado podrida, o poder tener una oportunidad en cualquier Clan de los irlandeses, donde nunca hay paro
JR GARCIA BERTOLIN
Irlanda hace aguas.Y esa imagen, enfermo crónico de cine y de literatura como estoy, me trae las escenas y las palabras de "Las cenizas de agua", el best seller de Frank McCourt convertido en película por Alan Parker, que transcurre en su mayor parte en una ciudad irlandesa ,Limerick, que siempre hacía aguas, donde la lluvia, las calles encharcadas y la la humedad insalubre eran una constante vital antes de llevarse, desvitalizados del todo, a tantos niños y mayores. Una película de tristezas y pobrezas irlandesas, de malas pintas y pintas de cerveza, que sólo puede acabar en emigración, con otro irladés más yendose a Estados Unidos, como se fueron a cientos de miles cuando la gran hambruna de la patata dejó el país sin una cuarta parte de su población.
En el imaginario colectivo, que en casos como este suele coincidir con el imaginario mediático, tanto Irlanda como España han sido secularmente representados como dos países pobres, con muchos más desheredados que ricos, hasta que llegó ese vuelco histórico que no tuvo que ver, como en el caso de Noruega, con la circunstancia geográfica de estar sentados sobre un gran barril de petroleo y la posibilidad de poder conservar el pescado en salazón evitando que se pudra, sino con las ayudas europeas, el bombazo del ladrillo o, en el caso de Irlanda, con las inversiones preferenciales en el país por parte de norteamericanos muy ricos de origen irlandés.
Ahora son dos paises que se pasean peligrosamente cerca del abismo. Aquí los ladrillos se amontonan en fábricas y almacenes, y allí también se acabó el espejismo, la gran juerga irlandesa, los años en que esa misma ciudad de Limerick, húmeda coprotagonista de Las cenizas de Ángela, fue destino laboral de docenas de ingenieros, informáticos y jóvenes españoles con alta cualificación, para trabajar en esas empresas multinacionales de matriz norteamericana que cuando la cosa se puso fea no tardaron en recoger velas y abandonar la tierra de sus antepasados Ahora Irlanda vuelve a ser la pobre Irlanda, y y hasta los propios lugareños de Maverick querrían buscar un sitio menos húmedo e inhóspito cerca de cualquier Gran Manzana que no estuviese demasiado podrida, o poder tener una oportunidad en cualquier Clan de los irlandeses, donde nunca hay paro
JR GARCIA BERTOLIN
domingo, 31 de octubre de 2010
MIGUEL Y LA ALEGRÍA
Cantaba Violeta Parra que volver a los diecisiete después de vivir un siglo es como descifrar signos sin ser sabio competente. Volver al 82 después de pasar veintiocho años, algunas victorias y tantas derrotas, tampoco esta nada mal, aunque no siempre nos hayamos vuelto más sabios por habernos hecho más viejos. Si hay que viajar en el tiempo, lo mejor es hacerlo a toda máquina , con ritmo y sobre todo con alegría, transportados por un amigo, por un viejo compañero como Miguel Ríos, que como nadie supo transmitirnos en sus canciones la intensa emoción ante la inminencia de un mundo nuevo, ante esa cita con la evolución que nos esperaba a la vuelta de la esquina. El reencuentro ha sido gozoso, mágico, nostálgico pero con buen rollito, dos horas de intensa dicha musical junto al cantante que hace casi tres décadas anunciaba un tiempo del cambio que no ha resultado ser exactamente como él lo imaginaba, pero si eléctrico, lleno de kamikazes y no falto de insurrección. “Miguel y la alegría” , y que me perdone Almudena Grandes por casi copiarle el título de su última novela grande, “Inés y la alegría”.
Este chico granadino de 66 años no sólo es un magnífico transmisor de alegría y buenas vibraciones, sino que le cupo el honor histórico de haber grabado un disco “Rock and Ríos” que tuvo la virtud de anticipar la llegada de la izquierda al poder en España después de un largo tiempo de silencio y dictadura. El anunció ese cambio unos meses antes en gozosas y multitudinaria celebraciones que llenaron campos de fútbol, polideportivos y plazas de toros. Avisaba de que se podía lograr un futuro sin trampa ni cartón, pero algunos prefirieron hacer trampas, a la vez que nos preparaba para alucinar con todo lo que ha venido después, mucho pero no siempre bueno.
Las canciones de Miguel Ríos son patrimonio colectivo – lo pude comprobar en el Pabellón fuente de San Luis- acervo compartido, y en su alegría se encierra mucho de lo mejor que nos ha ocurrido a millones de españoles en el amor y en la vida, aunque también han pasado muchos caballos llamados muerte, a los que nunca debió subirse nadie, que se han llevado muchas vidas que merecieron mejor suerte, otra clase de cambio. Es sabio , él si, esa sabiduría forjada en medio siglo de escenarios y de carretera, desde que a los 16 se convirtió en Mike Río, Rey del Twist, y empezó a encandilar a nuestras hermanas mayores. Luego hubo canciones memorables como “El río” o “Vuelvo a Granada”, y también malos momentos como cuando lo trincaron por consumo de Marihuana y supo lo que era entrar en la trena. Aun no se había muerto el dictador de aquí cuando emergió como hijo pródigo de la mano de Waldo de los Ríos y Beethoven, con ese “Himno a l a alegría” que aun le sirve para acabar sus conciertos de esta gira de retirada y, haciendo honor a su nombre, es como una alegre transfusión en vena. Viéndole doblar el espinazo, flexionarse ágil sobre el escenario, rejuvenecemos por momentos y sentimos que hemos superado con nota el paso de los años.
Miguel Ríos y la alegría, el goce de la música, del rock and roll, del blues, del soul, de baladas excelsas. Miguel, viejo rockero que no muere, como no debería haber muerto el espíritu del 82 que encarnaba tantas ilusiones y tantas ganas Aquel año sus canciones lo llenaron todo. Yo estuve en algunos y siempre regresé más alegre de lo que entré, trasladado con la vieja motocicleta, sin casco y a lo loco, feliz de compartir con ese espíritu de vivir en la carretera, fuera de un autobús, a lomos de una vieja motocicleta, sin casco, regresando achispado y feliz, ilusionado e ileso, protegido por aquel buen santo cósmico, San Miguel ,patrono laico de la alegría y la esperanza. Parece que fue ayer.
JR GARCIA BERTOLÍN
Este chico granadino de 66 años no sólo es un magnífico transmisor de alegría y buenas vibraciones, sino que le cupo el honor histórico de haber grabado un disco “Rock and Ríos” que tuvo la virtud de anticipar la llegada de la izquierda al poder en España después de un largo tiempo de silencio y dictadura. El anunció ese cambio unos meses antes en gozosas y multitudinaria celebraciones que llenaron campos de fútbol, polideportivos y plazas de toros. Avisaba de que se podía lograr un futuro sin trampa ni cartón, pero algunos prefirieron hacer trampas, a la vez que nos preparaba para alucinar con todo lo que ha venido después, mucho pero no siempre bueno.
Las canciones de Miguel Ríos son patrimonio colectivo – lo pude comprobar en el Pabellón fuente de San Luis- acervo compartido, y en su alegría se encierra mucho de lo mejor que nos ha ocurrido a millones de españoles en el amor y en la vida, aunque también han pasado muchos caballos llamados muerte, a los que nunca debió subirse nadie, que se han llevado muchas vidas que merecieron mejor suerte, otra clase de cambio. Es sabio , él si, esa sabiduría forjada en medio siglo de escenarios y de carretera, desde que a los 16 se convirtió en Mike Río, Rey del Twist, y empezó a encandilar a nuestras hermanas mayores. Luego hubo canciones memorables como “El río” o “Vuelvo a Granada”, y también malos momentos como cuando lo trincaron por consumo de Marihuana y supo lo que era entrar en la trena. Aun no se había muerto el dictador de aquí cuando emergió como hijo pródigo de la mano de Waldo de los Ríos y Beethoven, con ese “Himno a l a alegría” que aun le sirve para acabar sus conciertos de esta gira de retirada y, haciendo honor a su nombre, es como una alegre transfusión en vena. Viéndole doblar el espinazo, flexionarse ágil sobre el escenario, rejuvenecemos por momentos y sentimos que hemos superado con nota el paso de los años.
Miguel Ríos y la alegría, el goce de la música, del rock and roll, del blues, del soul, de baladas excelsas. Miguel, viejo rockero que no muere, como no debería haber muerto el espíritu del 82 que encarnaba tantas ilusiones y tantas ganas Aquel año sus canciones lo llenaron todo. Yo estuve en algunos y siempre regresé más alegre de lo que entré, trasladado con la vieja motocicleta, sin casco y a lo loco, feliz de compartir con ese espíritu de vivir en la carretera, fuera de un autobús, a lomos de una vieja motocicleta, sin casco, regresando achispado y feliz, ilusionado e ileso, protegido por aquel buen santo cósmico, San Miguel ,patrono laico de la alegría y la esperanza. Parece que fue ayer.
JR GARCIA BERTOLÍN
miércoles, 29 de septiembre de 2010
VERDADES VERDADERAS
VERDADES VERDADERAS
Dejadme que lo adivine. Mañana unos hablaran de éxito total y otros de fracaso estrepitoso. Posiblemente ambos mentirán, una vez más, como cuando después de una manifestación se restan o se multiplican manifestantes en lugar de sumarlos, según convenga, y donde unos ven cinco mil otros ven quinientos mil, pero todos hacen igual ridículo y, lo que es peor, pretenden hacernos pasar por tontos del culo. ¿Quién dijo aquello de que la verdad os hará libres? Ah, un tal Juan, evangelista por más señas. A los del caso Malaya la verdad…, la verdad es que se la suda. Por eso todos aseguran estar tranquilos y proclaman su inocencia mientras sus abogados piden nulidad.
Verdades y mentiras. Decía Foucault que la única verdad verdadera era la del loco, porque como el que la dice está pallá no tiene ni siquiera un 0’5 por ciento de mentira en su composición. A gremios como políticos y sindicatos les une la cordura bolera de la supervivencia, de tener sus chiringuitos muy bien montados, aunque cada vez más fuera de ordenación. Y tampoco es lo mismo un sindicalista en la administración, la única especie de funcionario capaz de ir a trabajar con bermudas, camiseta de tirantes y chancletas, porque a nadie da cuentas, que en un fábrica de coches, donde paran todos pero nadie puede dar cifras verdaderas sobre cuantos lo hacen por convicción y devoción, y cuantos por coacción, porque se ven arrastrados por la corriente.
Cuando un político describe su parábola y entra en caída libre, aunque luego con el tiempo se recupere su imagen, especialmente sí se muere, ¡que la muerte nos siente a casi todos tan bien!, lo primero que suele reprochársele es que miente. Le pasó a Felipe González, al que durante una larga temporada lo que más le llamaban quienes pretendían atacarle era Pinocho (¡que gran personaje!). En el gremio de gobernantes se pasan el día prometiendo –puedo prometer y prometo, que decía Suárez- y luego no pueden cumplirlo todo. Queda la palabra, y los titulares, frecuentemente cargados de falsedades que no se creen ni los que han decidido comprar esas promesas y publicarlas a cuatro o cinco columnas.
La palabra es muy sufrida, y esta vida loca es un partido de ping pong, y también un poco un partido entre Pin y Pon. Nadie quiere dar un punto por perdido porque todos tienen su claca de incondicionales que les aplaudirán por mucho que falten a la verdad. No se si la mentira, como la poesía, es un arma cargada de futuro, pero tiene un presente cojonudo, y hasta puede llegar a ser una casa con vistas al mar donde instalarse tan ricamente. Es ley de vida y ley de la jungla. Todos mienten, y algunos incluso mienten más que hablan.
JR GARCÍA BERTOLÍN
Dejadme que lo adivine. Mañana unos hablaran de éxito total y otros de fracaso estrepitoso. Posiblemente ambos mentirán, una vez más, como cuando después de una manifestación se restan o se multiplican manifestantes en lugar de sumarlos, según convenga, y donde unos ven cinco mil otros ven quinientos mil, pero todos hacen igual ridículo y, lo que es peor, pretenden hacernos pasar por tontos del culo. ¿Quién dijo aquello de que la verdad os hará libres? Ah, un tal Juan, evangelista por más señas. A los del caso Malaya la verdad…, la verdad es que se la suda. Por eso todos aseguran estar tranquilos y proclaman su inocencia mientras sus abogados piden nulidad.
Verdades y mentiras. Decía Foucault que la única verdad verdadera era la del loco, porque como el que la dice está pallá no tiene ni siquiera un 0’5 por ciento de mentira en su composición. A gremios como políticos y sindicatos les une la cordura bolera de la supervivencia, de tener sus chiringuitos muy bien montados, aunque cada vez más fuera de ordenación. Y tampoco es lo mismo un sindicalista en la administración, la única especie de funcionario capaz de ir a trabajar con bermudas, camiseta de tirantes y chancletas, porque a nadie da cuentas, que en un fábrica de coches, donde paran todos pero nadie puede dar cifras verdaderas sobre cuantos lo hacen por convicción y devoción, y cuantos por coacción, porque se ven arrastrados por la corriente.
Cuando un político describe su parábola y entra en caída libre, aunque luego con el tiempo se recupere su imagen, especialmente sí se muere, ¡que la muerte nos siente a casi todos tan bien!, lo primero que suele reprochársele es que miente. Le pasó a Felipe González, al que durante una larga temporada lo que más le llamaban quienes pretendían atacarle era Pinocho (¡que gran personaje!). En el gremio de gobernantes se pasan el día prometiendo –puedo prometer y prometo, que decía Suárez- y luego no pueden cumplirlo todo. Queda la palabra, y los titulares, frecuentemente cargados de falsedades que no se creen ni los que han decidido comprar esas promesas y publicarlas a cuatro o cinco columnas.
La palabra es muy sufrida, y esta vida loca es un partido de ping pong, y también un poco un partido entre Pin y Pon. Nadie quiere dar un punto por perdido porque todos tienen su claca de incondicionales que les aplaudirán por mucho que falten a la verdad. No se si la mentira, como la poesía, es un arma cargada de futuro, pero tiene un presente cojonudo, y hasta puede llegar a ser una casa con vistas al mar donde instalarse tan ricamente. Es ley de vida y ley de la jungla. Todos mienten, y algunos incluso mienten más que hablan.
JR GARCÍA BERTOLÍN
domingo, 19 de septiembre de 2010
MI VIDA EN SU MOCHILA
MI VIDA EN SU MOCHILA
Dejé Teruel en 1974, cuando Labordeta ya no componía allí las canciones de “Cantar y callar”, ni impartía su magisterio en el instituto Ibáñez Martín. Me fui con rabia, espolsando las sandalias, como san Vicente Ferrer, mientras en mi cabeza “Mediterráneo” guiaba mis pasos hacia la estación de trenes para partir (Todos repiten lo mismo cuando dicen que se marchan: con cuatro granos de trigo se alimentaban...). Sin embargo, lejos de casa, de la patria de mi infancia triste, fue “Aragón” la canción que me reconcilió desde la nostalgia con lo dejado atrás: Polvo, niebla, viento y sol, y donde hay agua, una huerta. Al norte, los Pirineos: esta tierra es Aragón. Fue en la distancia cuando mi vida se vistió de Labordetamania durante unos cuantos años, cuando sus canciones se colaron en mis adentros de forma extraordinaria e indeleble para expresar mejor que yo lo que sentía. ¡Es increíble! Ahora que paso de los cincuenta soy incapaz de aprenderme una puta letra, pero las de José Antonio Labordeta siguen todas ahí. El no lo sabe, o sí, porque se lo dije cuando tuve ocasión de entrevistarlo para Cartelera Turia: Llevas mi vida en tu mochila, esa con la que recorres los pueblos y hablas con los abuelos junto al lavadero o la fuente de la plaza. No he podido olvidar ni una sola de las letras que aprendí y canté tantas veces, y ahora, al enterarme de su muerte, rebrotan en mí como la juventud añorada y siento a plomo el peso de la pérdida de un hombre excepcional que con su voz de raíces, recia y bien timbrada, supo proyectar Aragón al mundo.
Mientras escribo en el día de su muerte, en la pantalla del televisor se proyectan a todo el mundo, que es mucho más que el mundo motero, las imágenes del primer Gran Premio de Alcañiz, de ese pueblecico grande del Bajo Aragón adonde tantas veces le llevó a Labordeta su itinerario de cantautor, después viajero incansable por las tierras de España. La televisión enseña estos días al mundo un trozo de ese Teruel donde fue destinado después de aprobar sus oposiciones de profesor de historia y cualquier otra asignatura que tuvo que impartir en aquellos años de más hierro moral que el mineral que se extraía de las minas de Ojos Negros para llevarlo a Sagunto (Canta, compañero, canta/ que aquí hay mucho que cantar/; que este silencio de hierro /ya no se puede aguantar..); donde fue colega de docencia de Eloy Fernández Clemente, fundador de la revista Andalán, al que debo el ser periodista, y del valenciano José Sánchis Sinisterra, que ganó allí el Premio Arniches de Teatro que auguraba una gran carrera al autor de “Ay ,Carmela”. Entre sus alumnos ilustres tuvo al cantautor Joaquín Carbonell y a Federico Jiménez Losantos, que entonces no era facha y ni siquiera se había hecho todavía prochino (Rosa, rosae/, y también el valor de pi/y el recuerdo final por los muertos/de la última guerra civil/Asi, así, así, crecí). Allá donde esté, seguro que a Labordeta le gusta que Teruel exista también a través del ruido de las motos.
Los políticos, que son lentos como paquidermos, hace poco le concedieron un premio importante. Si no se dan prisa no llegan. Él fue un político diferente, por lo lúcido, por lo divertido, por su sorna avalada en la condición de poeta, cantor, escritor, profesor, presentador de televisión, de hombre capaz de componer canciones que se convertían en himnos en el aprecio, los sentimientos y las aspiraciones de la gente, como “Canto a la libertad”: Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad. Nunca olvidaré los conciertos de Labordeta en Barcelona durante mi etapa universitaria. Allí nos encontrábamos unos cientos de aragoneses en el exilio dispuestos a cantar, a cogernos de las manos, a levantar corazones y puños, a ponernos como motos de añoranza, a sentirnos más que nunca parte arrancada de esa tierra dura. Recuerdo una vez que el calentón alcanzó tal grado que, al salir del Centro Aragonés de Barcelona, en la calle Joaquín Costa, fuimos en manifestación al grito ácrata y lúdico de “¡Aragón tiene sed y nosotros también!”, para disolvernos pacíficamente, y entre copas, en los tugurios más crápulas de las Ramblas. Eran más que conciertos; eran misas, liturgias donde Labordeta se convertía en el sumo sacerdote y hacía con nosotros lo que quería; celebraciones donde encontrábamos a la gente de nuestro pueblo, a aquella chica que amamos a los 16 y nunca nos hizo caso, hasta esa noche.
Combato esta tristeza con otros recuerdos divertidos: el de aquel primer piso de Camp de l’Arpa, donde Andoni, Jesús y Robert, se apostaban en la puerta de la habitación en que me había encerrado con Angels y una perola de flan con media docena de huevos, y me cantaban los cabrones-¿cómo no?-una canción de Labordeta: “A varear la oliva, no van los amos…”.- Unos cuantos años después recurrí reiteradamente a una hermosa “Canción de cuna sobre la tierra estéril”, para intentar dormir a mis hijos, Adrià y Andrea: “Quisiera cobijarte en una cuna /cubierta de abalorios/lluvias y lunas”.
¡Cuántas cosas han pasado!, querido profesor, desde que compusiste “Los leñeros” inspirándote en el puente que hay al lado de la casa y el barrio de mi niñez. Descansa en paz, lúcido, sarcástico, amigo José Antonio. Ojalá nos volvamos a ver en algún sitio del universo, donde abriré tu mochila para mirar mi vida entre todas tus hermosas y grandes canciones.
JR GARCIA BERTOLIN
Dejé Teruel en 1974, cuando Labordeta ya no componía allí las canciones de “Cantar y callar”, ni impartía su magisterio en el instituto Ibáñez Martín. Me fui con rabia, espolsando las sandalias, como san Vicente Ferrer, mientras en mi cabeza “Mediterráneo” guiaba mis pasos hacia la estación de trenes para partir (Todos repiten lo mismo cuando dicen que se marchan: con cuatro granos de trigo se alimentaban...). Sin embargo, lejos de casa, de la patria de mi infancia triste, fue “Aragón” la canción que me reconcilió desde la nostalgia con lo dejado atrás: Polvo, niebla, viento y sol, y donde hay agua, una huerta. Al norte, los Pirineos: esta tierra es Aragón. Fue en la distancia cuando mi vida se vistió de Labordetamania durante unos cuantos años, cuando sus canciones se colaron en mis adentros de forma extraordinaria e indeleble para expresar mejor que yo lo que sentía. ¡Es increíble! Ahora que paso de los cincuenta soy incapaz de aprenderme una puta letra, pero las de José Antonio Labordeta siguen todas ahí. El no lo sabe, o sí, porque se lo dije cuando tuve ocasión de entrevistarlo para Cartelera Turia: Llevas mi vida en tu mochila, esa con la que recorres los pueblos y hablas con los abuelos junto al lavadero o la fuente de la plaza. No he podido olvidar ni una sola de las letras que aprendí y canté tantas veces, y ahora, al enterarme de su muerte, rebrotan en mí como la juventud añorada y siento a plomo el peso de la pérdida de un hombre excepcional que con su voz de raíces, recia y bien timbrada, supo proyectar Aragón al mundo.
Mientras escribo en el día de su muerte, en la pantalla del televisor se proyectan a todo el mundo, que es mucho más que el mundo motero, las imágenes del primer Gran Premio de Alcañiz, de ese pueblecico grande del Bajo Aragón adonde tantas veces le llevó a Labordeta su itinerario de cantautor, después viajero incansable por las tierras de España. La televisión enseña estos días al mundo un trozo de ese Teruel donde fue destinado después de aprobar sus oposiciones de profesor de historia y cualquier otra asignatura que tuvo que impartir en aquellos años de más hierro moral que el mineral que se extraía de las minas de Ojos Negros para llevarlo a Sagunto (Canta, compañero, canta/ que aquí hay mucho que cantar/; que este silencio de hierro /ya no se puede aguantar..); donde fue colega de docencia de Eloy Fernández Clemente, fundador de la revista Andalán, al que debo el ser periodista, y del valenciano José Sánchis Sinisterra, que ganó allí el Premio Arniches de Teatro que auguraba una gran carrera al autor de “Ay ,Carmela”. Entre sus alumnos ilustres tuvo al cantautor Joaquín Carbonell y a Federico Jiménez Losantos, que entonces no era facha y ni siquiera se había hecho todavía prochino (Rosa, rosae/, y también el valor de pi/y el recuerdo final por los muertos/de la última guerra civil/Asi, así, así, crecí). Allá donde esté, seguro que a Labordeta le gusta que Teruel exista también a través del ruido de las motos.
Los políticos, que son lentos como paquidermos, hace poco le concedieron un premio importante. Si no se dan prisa no llegan. Él fue un político diferente, por lo lúcido, por lo divertido, por su sorna avalada en la condición de poeta, cantor, escritor, profesor, presentador de televisión, de hombre capaz de componer canciones que se convertían en himnos en el aprecio, los sentimientos y las aspiraciones de la gente, como “Canto a la libertad”: Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad. Nunca olvidaré los conciertos de Labordeta en Barcelona durante mi etapa universitaria. Allí nos encontrábamos unos cientos de aragoneses en el exilio dispuestos a cantar, a cogernos de las manos, a levantar corazones y puños, a ponernos como motos de añoranza, a sentirnos más que nunca parte arrancada de esa tierra dura. Recuerdo una vez que el calentón alcanzó tal grado que, al salir del Centro Aragonés de Barcelona, en la calle Joaquín Costa, fuimos en manifestación al grito ácrata y lúdico de “¡Aragón tiene sed y nosotros también!”, para disolvernos pacíficamente, y entre copas, en los tugurios más crápulas de las Ramblas. Eran más que conciertos; eran misas, liturgias donde Labordeta se convertía en el sumo sacerdote y hacía con nosotros lo que quería; celebraciones donde encontrábamos a la gente de nuestro pueblo, a aquella chica que amamos a los 16 y nunca nos hizo caso, hasta esa noche.
Combato esta tristeza con otros recuerdos divertidos: el de aquel primer piso de Camp de l’Arpa, donde Andoni, Jesús y Robert, se apostaban en la puerta de la habitación en que me había encerrado con Angels y una perola de flan con media docena de huevos, y me cantaban los cabrones-¿cómo no?-una canción de Labordeta: “A varear la oliva, no van los amos…”.- Unos cuantos años después recurrí reiteradamente a una hermosa “Canción de cuna sobre la tierra estéril”, para intentar dormir a mis hijos, Adrià y Andrea: “Quisiera cobijarte en una cuna /cubierta de abalorios/lluvias y lunas”.
¡Cuántas cosas han pasado!, querido profesor, desde que compusiste “Los leñeros” inspirándote en el puente que hay al lado de la casa y el barrio de mi niñez. Descansa en paz, lúcido, sarcástico, amigo José Antonio. Ojalá nos volvamos a ver en algún sitio del universo, donde abriré tu mochila para mirar mi vida entre todas tus hermosas y grandes canciones.
JR GARCIA BERTOLIN
Suscribirse a:
Entradas (Atom)